Costa, el pueblo que pudo ser y no fue

Se cumplen este año el 110 aniversario del fallecimiento de Joaquín Costa y el 175 de su nacimiento. El legado del llamado «León de Graus» se mantiene muy vivo y no son pocas las poblaciones, repartidas por todo el país, que cuentan con calles, plazas, monumentos o colegios dedicados al ilustre altoaragonés. Menos conocido es que en la comarca de la Litera estuvo a punto de fundarse un pueblo que debía llamarse «Costa» en su honor y, aunque finalmente el proyecto no se llevara a cabo, merece la pena recordarlo. Nos lo cuenta la escritora Silvia Isábal, que, recientemente, fue la comisaria de la exposición dedicada a los 125 años del Mitin de Binéfar.

La nueva población debería haberse ubicado en La Melusa, dentro del término municipal de Tamarite de Litera (Huesca). Esta finca, de casi 700 hectáreas, era propiedad de la familia Lasierra de dicha localidad, uno de cuyos miembros, Antonio Lasierra Purroy, fue, entre otros cargos en diversas instituciones, director del canal Imperial de Aragón. Hacia 1929 fue adquirida por la Confederación Sindical Hidrográfica del Ebro, aunque por entonces se trataba de una extensión de aspecto desolador que era definida así por técnicos de la entidad en una de sus publicaciones periódicas:

La Melusa, julio 1920

«Los cultivos son allí tan escasos y pobres, que la tierra está en su mayor parte inculta; las pocas viviendas, que dan cobijo a su población, son rudimentarias; los cabezos aparecen completamente pelados y hasta los pocos árboles que pueblan la llanura, los chopos lombardos que bordean algún cauce de riego semi-abandonado, resultan raquíticos y achaparrados; parece como si la desolación de la comarca que contemplan al elevar sus copas amortiguase la potencia vegetativa de la especie que les hace erguirse y crecer rápidamente en tantas y tan variadas situaciones. Solo rompe la monotonía del panorama el alveolo de un clamor, el de la denominada Clamor de Olriols (…) convertido en una serie de encharcamientos y barranqueras, de anchura creciente, donde vive la caña pita y se multiplican los mosquitos propagadores del paludismo endémico que azota la comarca».

A pesar de estas penosas condiciones iniciales, los planes de la Confederación para la finca eran ambiciosos: se trataba de ponerla en cultivo para que allí pudieran establecerse, en régimen de propiedad, familias expulsadas de sus lugares de origen por la construcción de los grandes embalses proyectados por la entidad.

Para ello se proponían primeramente acondicionar la tierra mediante roturaciones, parcelaciones y nivelaciones, saneando y desalando las tierras. Después se formarían lotes de tierra que tuvieran la extensión suficiente para asegurar la vida de una familia, a la que también se entregaría una casa «higiénica» de tipo rural. Se dotaría además al conjunto, que iba a ser modélico por su organización y su trazado, de los elementos indispensables para cubrir las necesidades espirituales y temporales de sus habitantes: iglesia, escuelas, servicios sanitarios, casa social, comercios e industrias rurales.

Asimismo, se fundaría una factoría colectora de productos agrícolas con amplia estructuración comercial que, aprovechando la existencia de la estación ferroviaria dentro de los límites de la finca, facilitara la salida de las cosechas de la comarca, entonces entorpecida  por las malas condiciones en que se realizaban los transportes y el desamparo en que se encontraban los contornos de la estación. Podrían acceder a un lote de tierra quienes lo solicitaran, siempre que acreditaran las necesarias condiciones de moralidad y laboriosidad.

Debido a que iba a ser la primera colonia fundada por la Confederación Hidrográfica del Ebro se llamaría «Costa», porque su construcción materializaba el ideal de muchos de los discursos de Joaquín Costa sobre la política hidráulica. Según Manuel Lorenzo Pardo, impulsor, fundador y primer Director Técnico de la Confederación:

«¡Ningún monumento más perdurable! ¡Ningún testimonio de homenaje más expresivo que el consignado, sin tal pretensión, en la fe de bautismo del primer niño que allí nazca!»

No tenemos constancia del proyecto arquitectónico de esta colonia pero, la existencia de los planos para una escuela en La Melusa redactado por el arquitecto Reginio Borobio en octubre de 1931 y en el que también participó su hermano José Borobio, hace pensar que iba a ser este arquitecto, autor de la actual sede de la CHE en el paseo Sagasta de Zaragoza, el encargado de diseñar el nuevo pueblo.

Proyecto de los hermanos Borobio para la escuela de La Melusa (SIPCA, Sistema de Información del Patrimonio Cultural Aragonés)

Como ya sabemos, la población Costa así concebida no llegó a construirse y, en vez de eso, la finca de La Melusa se convirtió en un centro de investigación agronómica que sirviese como punto de referencia para la difusión de nuevas técnicas de producción vegetal entre los agricultores de la zona regable del canal de Aragón y Cataluña. Allí fijaron su residencia los empleados encargados de su gestión que, acompañados por sus familias, llegaron a constituir un poblado dotado de escuela e iglesia, ambas frecuentadas también por los habitantes de las torres de su entorno.

Firma: Silvia Isábal Mallén. Escritora

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